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Entrevista a Silvina Funes

Entrevista a Silvina Funes

18 julio, 2018

Silvina Funes, es la madre de Gabi, uno de nuestros alumnos del Colegio de Educación Especial. Hace unos meses publicó un  artículo  “Sufrimiento y heroísmo”, en la revista Ubuntu 7: 35-36,  en el que reflexionaba sobre esta realidad diaria que encuentran nuestras familias.

https://microespaciosubuntu.files.wordpress.com/2017/12/revista-ubuntu-7.pdf

Ahora, en ATENPACE, hemos querido hacerle una entrevista en la que toca un tema de gran actualidad como es la educación inclusiva y la educación especial.

1.  En la sociedad, cada vez se oye más hablar de una educación inclusiva, donde todas las personas tienen cabida. Pero en tu artículo mencionas que todavía no se puede hablar de inclusión si no de cohabitación. ¿Cuál es la diferencia entre ambas? ¿Por qué no se puede hablar de inclusión?

Compartir un espacio no constituye un grupo. Un grupo se crea a partir de compartir actividades, objetivos, intereses, tener respeto, aceptación recíproca y cohesión, etc. Esa es básicamente la diferencia. Incluir implica ser parte del grupo, participar y compartir y eso no es fácil hacerlo con nuestros niños. Es como cuando estamos en un autobús, compartimos un espacio (cohabitamos), pero cada uno “va a lo suyo”, hace falta un “pegamento” para poder constituir un grupo, que son las interacciones y muchos de los alumnos con necesidades educativas especiales coexisten con sus iguales, pero no comparten, no son aceptados y, en algunos casos, ni respetados, por eso no podemos hablar todavía en algunos casos de inclusión.

En este sentido, rompo una lanza por la educación especial (a pesar de que no sea todo lo inclusivo que fuera deseable) que es un servicio muy especializado y necesario cuando las condiciones de aprendizaje deben adaptarse significativamente y dotarse de recursos específicos, que no son solucionables desde medidas de atención a la diversidad estándar.

Las tendencias actuales en la educación tienden a presentarnos la educación inclusiva como el futuro y la especial como el pasado. Las familias que escogemos la educación especial no lo hacemos por anticuadas, ni porque queramos que nuestros hijos sean educados aparte, sino porque requieren de una atención especializada e intensiva, que en modelos más masificados y estandarizados de educación no es posible dar. Soy una profunda defensora de las aulas especiales y, a la vez, de la educación inclusiva, pero ambas deben complementarse y enriquecerse mutuamente, a través de modelos de mixtos y flexibles, donde se normalice la diversidad y se eduque para compartir con personas con capacidades diferentes.

Desde mi punto de vista, los discursos que abogan por el desmantelamiento de la educación especial encubriéndolo de la pátina inclusiva, lo que están haciendo es el vaciamiento de un servicio y el abandono de un colectivo vulnerable. A nuestros niños no se los puede poner en un aula de 25 alumnos por más inclusiva que sea, si se le quiere dar una buena atención. Sin embargo, no se debe abandonar el ideal inclusivo, necesario para tener referentes.

2. Una frase preciosa de tu artículo es “son una élite, un grupo de referencia para promover la solidaridad y el compromiso con la vida a toda la sociedad”. ¿Cómo crees que logran crear actitudes en los demás?

Nuestros chicos y chicas son un homenaje a la vida, son la muestra de cómo teniendo todo en contra, están dándolo todo para salir adelante, son luchadores incansables que, desde su vulnerabilidad, nos confrontan con nuestras propias debilidades que, con su fortaleza, nos demuestran nuestras limitaciones. En ese sentido son “reestructuradores de prioridades y perspectivas”. Esto quiere decir que, a partir de lo que vemos en su actitud ante la vida, nos obligan a revisar nuestros valores y la forma de ver la vida. En ese sentido, por un lado, tenemos que facilitarles las cosas, apoyarles (promueven solidaridad) y porque ponen en evidencia la superficialidad de los valores sociales imperantes (belleza, éxito, perfección, valía, etc.), para honrar la vida y valorar las pequeñas cosas: me ha sonreído, ha podido hacer…que en el universo de ellos, son auténticos desafíos o milagros.

3. Por último, agradeces a tu hijo, Gabi (el cuál contamos con la suerte de tener en nuestro Colegio), haber fortalecido tu sentido de la vida. ¿De qué manera lo ha hecho?

Por un lado, es una inspiración para mí. Yo siempre digo que él es mi Maestro, ya que él pone en evidencia lo que aún me queda por crecer, aprender y mejorar. Me ha cambiado la escala de valores, sobre lo que es verdaderamente importante en la vida, lo básico, fundamental e indispensable. Aunque tengo momentos malos, él no me permite caer y no levantarme, porque está ahí para decirme “¡Espabila, que estoy aquí y tenemos que ir de paseo!”

Por otro lado, veo en mucha gente que me rodea como una falta de sentido vital (¿por qué estoy aquí?) y mucha insatisfacción personal (por no tener, hacer, ser….)  Gabi no sólo me ha colocado en un sentido de vida personal, sino también profesional. Le dio a mi profesión un sentido de utilidad, de estar en ella para mejorar la educación y el mundo que legaremos a nuestros hijos.

Por eso, para hacer un mundo mejor y una sociedad inclusiva hay que cambiar la mirada hacia la diversidad, destacar lo que pueden hacer y lo que aportan, en lugar de lo contrario. No es cuestión sólo de medidas de integración y del profesorado, es de toda la sociedad: que les inviten a los cumpleaños ya que necesitan ser queridos y disfrutar con sus iguales, a participar en actividades, eliminar barreras arquitectónicas y sociales, etc. Es la sociedad la que educa y todos los agentes tienen que estar en la misma línea, y así, entre todos, acoger y celebrar la diversidad. Ya que contrariamente a lo que muchos piensan,  ellos suben la calidad humana, nos hacen mejores personas.